[Reseña] Deportados en nombre de Dios – historia de los moriscos

Deportados en nombre de Dios
Ed. Imago Mundi

Para aquellos de nosotros que nosotros que viven a caballo entre dos (o más) identidades culturales, no es extraño tener la sensación de ser un extranjero en todas partes. Alemán de familia, mallorquín de nacimiento, criado en el melting pot que es la ciudad de Palma, y con una larga trayectoria en el rural castellano-manchego, la integración en un grupo de gente no siempre es todo lo fácil que uno desearía.

Tal vez por eso motivo la obra que da pie a esta entrada me ha tocado de cerca. En un potente alegato contra el fanatismo y la intolerancia religiosa, Deportados en nombre de Dios  cuenta la trágica historia de un pueblo demasiado musulmán para vivir en España, pero a la vez demasiado cristianos para vivir en tierras del Islam.

Hablamos, por supuesto, de los moriscos: descendientes de los musulmanes de Al-Ándalus, convertidos en católicos por Real Decreto, perseguidos por la Inquisición, físicamente diezmados o esclavizados, económicamente asfixiados, dispersados por todo el Mediterráneo, expoliados y apaleados en la otra orilla, culturalmente marginados.. y finalmente, ya en nuestros días, sin un reconocimiento ni remotamente similar al que gozan por ejemplo los judíos sefardíes -con quienes, por otro lado, comparten muchas desventuras-. Precisamente porque, aunque por fortuna ha remitido notablemente el antisemitismo, está repuntando no obstante la islamofobia.

Pero empecemos por el principio. First things first.

Desde la hégira en 622 hasta la entrada en la Península Ibérica el 711, el Islam nace de forma explosiva, como un fenómeno que va muchísimo más allá de la mera fuerza de las armas -como desde algunos sectores se ha intentado caricaturizar-. Sin embargo llega a nuestras tierras ya con claros síntomas de agotamiento, y encuentra en Poitiers su límite más septentrional.

alandalusPocos después, el año 750, la dinastía Omeya es derrocada (y aniquilada) por el clan de los Abbas, y un imperio que abarcaba desde la India hasta Finisterre es desmembrado. Al-Ándalus queda así aislado del discurrir del resto de la comunidad musulmana, desarrollando su propia cultura y pensamiento de forma original y con un profundo mestizaje con sus vecinos cristianos. Otro libro, Al-Ándalus: saberes e intercambios culturales, refleja de forma excelente esta etapa.

Pese al avance de la conquista cristiana, buena parte de la población musulmana va quedando en los nuevos territorios, bajo la denominación de mudéjares. Esto se produce especialmente allí donde la falta de efectivos provenientes de retaguardia impedía la repoblación, y hacía imprescindible la permanencia de la antigua fuerza laboral -como es el caso del Reino de Valencia y el de Murcia-.

Y aquí es donde arranca nuestra historia: al completarse la conquista cristiana del territorio peninsular, debilitado el frente exterior en el norte de África, el espíritu de la cruzada contra el Islam hace aparecer un nuevo frente interior en paralelo con un intento de construir una identidad nacional en el bando vencedor, que por desgracia va de la mano de la uniformidad religiosa -decretos de conversión- y racial –estatutos de limpieza de sangre-.

Frente al argumentario utilizado por los principales impulsores de la expulsión, que insisten en la resistencia a la cristianización y el presunto riesgo para la seguridad nacional como quinta columna ante un eventual ataque del imperio otomano, Rafael Carrasco expone un riguroso análisis de la realidad histórica del pueblo morisco: los diferentes grados de asimilación, aculturación y evangelización según comunidades, el nivel de colaboración con el corso y la Sublime Puerta, y como colofón la paradoja histórica de que se decretara su expulsión justo cuando más alejada estaba la amenaza turca -con diversos tratados de paz de por medio, el retorno de las tropas imperiales, y los moriscos más debilitados que nunca-.

La tesis defendida por el autor es que la expulsión de los moriscos no fue una fatalidad ineludible del destino, por una convivencia presuntamente imposible entre musulmanes y cristianos. Bien al contrario, muestra el conflicto como el resultado de los procesos políticos internos de la sociedad de cristianos viejos y la Contrarreforma religiosa (en oposición a la aparición del protestantismo), el desarrollo de una monarquía autoritaria y centralista que deseaba acabar con el poder de los señores locales y sus fueros propios, y la construcción de una identidad nacional de marcado carácter racista que ha perdurado hasta bien entrado el siglo XX.

Frente a este ataque abierto de la sociedad cristiano-vieja, los moriscos reaccionan reivindicando su propio derecho a existir y demás libertades fundamentales, lo que no solo refuerza su rechazo a la religión católica (con el consiguiente repunte de los procesos inquisitoriales), sino que acaba derivando ocasionalmente en revueltas como la Rebelión de las Alpujarras.

Finalmente, casi tres décadas después del punto álgido del conflicto, el rey Felipe III impulsa personalmente la expulsión de los moriscos, recibiendo el visto bueno de su Corte sólo tras prometer que todas las posesiones inmuebles de los mismos serían entregadas a sus señores a modo de indemnización por las rentas y vasallos perdidos, amén de una esperanza por parte de estos mismos señores de que se les perdonaran las deudas contraídas con la emergente burguesía urbana y se les eximiera de los censales. Una operación económica en toda regla.

Pero estos cálculos económicos difícilmente podrían contrarrestar el marcado efecto del vacío demográfico dejado en reinos como el de Valencia (-27% de la población), Aragón (-19%) o Murcia (-12%), especialmente tratándose de la comunidad más laboriosa y emprendedora. Un efecto que, no obstante, ha sido muy exagerado por la primera revisión crítica de la expulsión realizada por la Ilustración francesa.

En cuanto al destino de los propios moriscos, como ya se ha dicho, fue trágico. Si bien en una primera fase algunos prácticamente celebraron la expulsión -ya que hasta entonces eran retenidos a la fuerza en suelo español-, la realidad pronto se tornó harto más dura de lo esperado. Al permitir a cualquier cristiano hacerse con los bienes de los moriscos que se resistieran a la expulsión (y darles muerte impunemente), muchos aprovecharon para asaltar incluso a los que se marchaban de buen agrado. Al tenerse que pagar el pasaje, también sufrieron de estafas y, al desembarcar en la costa norteafricana, en no pocas ocasiones sus propios correligionarios los atacaban y marginaban -muriendo muchos de ellos de forma violenta, de hambre o de sed-. Los propios soldados españoles, en la confusión del momento, esclavizaron a un buen número de ellos. Y parte de los supervivientes se vieron forzados a practicar la piratería y el corsarismo, volviendo a caer en manos cristianas y condenados a las galeras.

Los moriscos buscaron su último refugio en la Muela de Cortes, muy cerca de la confluencia entre los ríos Júcar y Cabriel

Los moriscos buscaron su último refugio en la Muela de Cortes, muy cerca de la confluencia entre los ríos Júcar y Cabriel

Las malas noticias se corrieron, y muy pronto estallaría una última y desesperada revuelta. El 20 de octubre de 1609, precisamente en la Muela de Cortes, a escasos kilómetros de la Finca La Golfilla, y también en la Sierra de Laguar. Unas 13.000 personas -sin contar a los niños- buscaron refugio en este escarpado relieve, siendo finalmente sometidos -deportados, esclavizados o ejecutados- prácticamente en su totalidad.

¿Cuántos de ellos lograrían escapar, aprovechando rincones remotos como el Valle del Cabriel? No lo sabemos. Sí es cierto, no obstante, que muchos deportados lograron volver, bajo la protección de sus antiguos señores. En estos casos los ocultaban en sitios poco visitados, lejos de la vista de los vecinos de la zona. Se habla de grupos de personas que seguían rituales más o menos islamizados hasta bien entrado el siglo XVIII, momento en el que perdemos su rastro por una más que plausible asimilación. Aunque algunos alegan que llegaron hasta mediados del s. XX.

A pesar de todo, una parte de los expulsados pudo formar comunidades estables en Argel y Túnez, que han perdurado hasta nuestros días -al igual que harían los judíos sefardíes-. Con su llegada relanzaron notablemente la actividad económica y artesanal, importando nuevas técnicas propias del antiguo Al-Ándalus. Los españoles, por su parte, quedaron con la peor herencia posible: un sistema de valores basado en lo castizo y cerrado a las aportaciones del exterior. En palabras de Bartolomé Bennassar, “quizá, la consecuencia más negativa para el futuro fue la importancia otorgada a la limpieza de sangre”.

Si la historia está para no repetir los errores del pasado, este es sin duda uno de los episodios a los que más atención deberíamos dar. Y a las víctimas -sus descendientes en este caso-, rendirles su merecido homenaje. Nos va el futuro en ello.

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