[Reseña] Edible Forest Gardens (Bosques comestibles)

EdibleForestGardens

Edible Forest Gardens es una obra imprescindible para cualquier aficionado a la Permacultura.

Uno de los ideales más ansiados y perseguidos por los seguidores de la Permacultura –filosofía y técnica de diseño de agroecosistemas “permanentes”- es el del bosque comestible. Un concepto en boga, tal vez chocante para nuestra actual cultura agraria, pero del que por desgracia se habla mucho más de lo que se practica.

En efecto, desde un punto de vista racional, el bosque representa el máximo exponente de estabilidad ecológica y “permanencia” en tierra firme –los ecosistemas acuáticos son harina de otro costal-. Y desde un punto de vista tal vez más romántico nos evoca imágenes del perdido Jardín del Edén o del comunismo primitivo de nuestros antepasados cazadores-recolectores.

Pero la realidad es tozuda –difícilmente un bosque cerrado producirá más alimento que una buena huerta- y, con pocas pero honrosas excepciones, los permacultores son más urbanitas idealistas que técnicos capacitados.

Una de estas excepciones son Dave Jacke y Eric Toensmeier, autores del libro Edible Forest Gardens, del cual por desgracia todavía no existe edición en castellano. Se trata de la obra “técnica” más completa hasta el momento para el diseño y mantenimiento de bosques comestibles.

Si bien se especializa en el clima, el suelo y las especies dominantes en noreste estadounidense, nos ofrece tanto las herramientas conceptuales como prácticas para desarrollar proyectos en cualquier lugar del globo. Incluso las tablas que figuran como anexo del segundo volumen incluyen el grueso de especies comestibles de otros continentes, muchas de las cuales –por cierto- ya se han introducido e incluso naturalizado en nuestro país.

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Robert Hart, leyenda de los bosques comestibles

También repasa de forma crítica algunas experiencias prácticas de los pioneros de la Permacultura, como por ejemplo el bosque comestible de Robert Hart –referente “ideológico” del concepto de los bosques comestibles, por ser autor del primer libro especializado en esta materia-.

 

DESTERRANDO IDEAS PRECONCEBIDAS

Uno de los elementos más valiosos de la obra de Dave Jacke es, además de su orientación científica y práctica, el no morderse la lengua a la hora de criticar algunos tópicos e ideas preconcebidas entorno a los bosques comestibles. A los que yo añadiré algunas observaciones de cosecha propia, que el lector avispado también sabrá sacar de entrelíneas del libro reseñado.

En primer lugar abunda mucho en que, para poder sacarle un razonable rendimiento para el ser humano, debemos evitar la tentación de permitir un excesivo “asalvajamiento” de nuestro bosque. En particular destaca que, más que de “bosque”, deberíamos hablar de “sabana” (en España diríamos “dehesa”): un tipo de ecosistema que mantiene la cubierta de copas relativamente abierta, lo que permite la entrada de luz y el aireamiento, previniendo las plagas, reduciendo la competencia entre árboles y aumentando significativamente el “efecto borde”. También previene de la permisividad con otros seres herbívoros, que están en abierta competencia con los humanos por los alimentos que producirá el bosque comestible.

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Un bosque comestible debe diseñarse con una densidad arbórea relativamente baja. Foto: Axbridge Allotment

En línea con lo comentado en el párrafo anterior, debe desterrarse la idea de que en un bosque comestible sólo hay que invertir mucho trabajo al principio, y que luego basta con recolectar los alimentos. Muy al contrario, destaca la elevada dependencia que tienen estos agroecosistemas de la intervención humana. Aunque con un diseño inteligente la carga de trabajo no es comparable a la de una huerta, sí hay que realizar podas periódicas para rejuvenecer las ramas de los árboles –más productivas- y muy especialmente hay que recoger diariamente la fruta que caiga al suelo para evitar plagas. Además, al ser más diverso, el trabajo de recolección es más difícil e ineficiente. Eso por no entrar en la necesaria corrección de errores e introducción de mejoras en el diseño –por su complejidad es más propenso a equivocaciones que una huerta estándar, de copia-y-pega, que cualquier urbanita es capaz de recrear con unas nociones mínimas-.

Esto nos lleva irremediablemente a un análisis más economicista y a plantearnos el sentido de nuestros bosques comestibles. En esta línea, Daren Doherty –un permacultor de moda últimamente- me advirtió hace unos años que “it makes no cash-flow”: no produce flujo de caja, no trae dinero. A pesar de la existencia de iniciativas de certificación –como los Forest Garden Products-, es muy difícil obtener cosechas comercializables a un precio competitivo, en particular por los costes de recolección. Por tanto parece que los bosques comestibles deberán enfocarse mucho más al autoabastecimiento del núcleo familiar que al intercambio con nuestros vecinos.

zonas

La ubicación relativa de los elementos es esencial para poder trabajar de forma eficiente.

Y de aquí pasamos a la ubicación del bosque y organización del espacio. La idea de bosque comestible como espacio semi-natural, de transición con los bosques naturales, tendría más sentido en la “zona 4” –la más alejada de nuestras casas, y más en contacto con la naturaleza-. Sin embargo, la lógica de su aprovechamiento nos acerca los bosques comestibles a las “zonas 1 y 2” –junto a la casa-, por lo que muy probablemente quedaría desconectado de los espacios naturales, y pierde parte de la razón de ser de su diversidad de estructuras y especies.

En esta línea, Dave Jacke en su libro vuelve una y otra vez a la idea de plantar bosques comestibles en los jardines de las típicas casas de extrarradio norteamericanas. Se trataría de un drástico cambio en el ecosistema suburbano, muy deseable en comparación con el monocultivo de césped actual, pero de utilidad discutible para otros modelos de urbanismo, de gestión del territorio, y de sociedad en general. Como siempre, no hay recetas mágicas ni respuestas universales: deberemos contextualizar mucho nuestros proyectos en el seno de la sociedad en que vivimos y la parcela que nos ha tocado gestionar.

 

ALGUNAS PINCELADAS PARA EL DISEÑO

Una vez hechas las oportunas advertencias (con las que no pretendo desanimar a nadie, sino más bien prevenir contra vendedores de crecepelo), podemos ponernos manos a la obra y empezar a diseñar nuestros bosques comestibles –con la inestimable ayuda del libro reseñado-.

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Diseño preliminar de Coed Hen (2013). Fuente: Symbiont-gardens

Empezando por lo obvio, hay que caracterizar nuestro suelo, nuestro clima, nuestros objetivos y su integración en el diseño general de la finca o el entorno colindante. Esta información definirá de entrada las posibles especies (y elementos inertes) a utilizar en el bosque.

De forma genérica, existen dos técnicas principales para diseñar un bosque comestible. La primera de ellas es “de especies a ecosistema”: seleccionando unas pocas especies principales que deseamos tener en el bosque (cuyos productos nos son más apetecibles o mejor podremos vender), vamos añadiendo el resto de elementos menos provechosos directamente pero que realizan las funciones ecológicas necesarias para que podamos hablar con cierta autoridad de estar diseñando un “bosque” y no un policultivo cualquiera.

La segunda de ellas, bastante menos utilizada pero más interesante para nuestra “zona 4”, es el diseño “de ecosistema a especies”, también conocido como forestería análoga. Tomando de base los ecosistemas naturales existentes en la región –para lo cual deberemos tener a mano importante información geobotánica- realizaremos una copia sustituyendo unas especies por otras más útiles para el humano, pero que cumplan una función ecológica análoga a la especie suprimida. Por ejemplo, un pino piñonero puede sustituir fácilmente a otro tipo de pino –aunque sea por injerto sobre pies autóctonos-. O el pistachero a los terebintos.

Para poder ser calificado como “bosque”, entre otras cosas, deberemos asegurarnos de tener una diversidad estructural suficiente. Convencionalmente se entiende que debe haber al menos 3 de los 7 estratos que tiene un bosque natural –arbóreo o arborescente, arbustivo, sufruticoso (matorral), herbáceo, muscinal (musgos, líquenes, hongos…), subterráneo y epifítico (plantas que viven sobre otras plantas)-. Su ubicación relativa dependerá de los objetivos perseguidos, pero deberán asegurarse los recursos –luz, agua, suelo…- para todos ellos y minimizar así la competencia.

Además de esta diversidad estructural por encima del suelo, es preciso vigilar la diversidad de estructuras bajo el suelo. Existen tres tipos principales de raíces: pivotantes o axonomorfas, fasciculadas y superficiales. Combinar especies con raíces superficiales (como un frutal) y raíces profundas (como la consuelda o la alfalfa) permite un mejor aprovechamiento del suelo y del agua sin entrar en competencia.

Asociar las plantas según su periodo de actividad también facilita este mejor aprovechamiento. Los árboles caducifolios, por ejemplo, permiten que la luz del sol llegue a los estratos inferiores durante el invierno. O los cerezos, que florecen y fructifican pronto –la cosecha es en junio-, mientras otras plantas fructifican mucho más tarde –caquis, madroños y olivos en diciembre-, por lo que además de tener alimentos todo el año los picos de demanda de recursos (¡y de trabajo!) se producen en momentos diferentes.

Otro aspecto a vigilar es el flujo de nutrientes. A este respecto cabe destacar no sólo las aportaciones que (irremediablemente) vayamos a hacer y los posibles flujos de salida –normalmente por el agua-, sino también las especies fijadoras de nitrógeno –leguminosas y otras asociadas al género Frankia spp.-, y las especies “bombeadoras” o “recicladoras” de los diferentes nutrientes, que evitan su pérdida en profundidad y transportan los nutrientes de nuevo a la superficie. A destacar también las diferencias de demanda de nutrientes de una especie a otra: unas pueden necesitar más nitrógeno y otras más fósforo, por lo que no compiten tanto entre sí.

Por supuesto que las especies descomponedoras también tienen su rol en todo bosque, y en este sentido resulta muy interesante el uso de hongos comestibles (tipo Pleurotus spp. o Lentinula spp.) cultivados sobre las ramas más gruesas que obtengamos de nuestras podas.

Finalmente está la cuestión de la fauna auxiliar, que nos ayudará a combatir plagas y a polinizar, por lo que deberemos favorecer la presencia de refugio y producción melífera todo el año. A este respecto también son de provecho plantas repelentes o que por su aroma puedan confundir a las posibles plagas.

En resumidas cuentas, el diseño de un bosque comestible que funcione es una cuestión compleja para la cual es necesaria una buena preparación previa y sobre todo mucha práctica –se aprende más de los errores propios que de mil libros-. Obras divulgativas como Edible Forest Gardens son sin duda una de las grandes claves para popularizar este conocimiento y animar a la gente a aceptar el reto.

¿Veremos una edición en castellano, y adaptado al clima español? Espero que sí, y a veces siento la tentación de empezar a traducir por mi cuenta y riesgo. 400 millones de potenciales lectores, de pequeños granitos de arena para cambiar el mundo, desde luego que justificarían el esfuerzo.

Descarga gratis:
Volumen 1 – Visión y teoría
Volumen 2 – Diseño y práctica

 

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BONUS: Video (en inglés) con algunos ejemplos de policultivos perennes.

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