La tecnología agraria que mata al mundo rural, y tecnología que lo puede salvar

Éxodo rural en la India – Foto: Selvaprakash Lakshmanan

Éxodo rural en la India – Foto: Selvaprakash Lakshmanan

De un tiempo a esta parte ha cobrado mucha actualidad un debate clásico en el mundo de la economía: ¿va a dejarnos el avance técnico sin empleo? La cuestión se remonta en el tiempo a la mítica revuelta ludita, a principios del s.XIX, y tradicionalmente se ha despachado con la observación empírica de que la tecnología crea más empleo del que destruye. Con una pequeña salvedad: no necesariamente se producen ni en el mismo sector, ni en el mismo lugar. Y el mundo rural es el ejemplo más claro de las amenazas que puede suponer el desarrollo de una tecnología inapropiada, habiendo quedado relegado en la actualidad a un estatus casi colonial.
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La ausencia de efecto rebote y el deterioro de los términos de intercambio

La explicación de por qué la tecnología que sustituye mano de obra acaba generando más empleo podemos encontrarla en el “efecto rebote” -o Paradoja de Jevons– ya observado en la máquina de vapor y el consumo de carbón. Al abaratar el precio final del producto, se incrementó de tal manera la demanda que se instalaron muchísimas más máquinas de vapor aumentando espectacularmente de uso del carbón.

Pero para que se produzca este “efecto rebote” deben cumplirse una serie de condiciones, que no siempre se cumplen:

  • Como ya se ha señalado, es preciso que la demanda sea elástica. Es decir, la variación de precio del producto ha de ocasionar una variación de la demanda superior. O dicho de otro modo: cuando bajando el precio vendes tanto más que aumenta la facturación (aunque no necesariamente el beneficio).
  • También debe ser elástica la oferta de tus factores productivos. Es decir, que si con lo ahorrado por la eficiencia te puedes permitir pagar un poco más, conseguirás que te ofrezcan un volumen muy superior de la materia prima (o, en nuestro caso, mano de obra y tierras agrícolas).
  • Además, la nueva tecnología debe traducirse efectivamente en una reducción del precio final. Muchas veces, lo que te cuesta de más la máquina se come lo ahorrado en materiales o mano de obra. Haces el cambio por error de cálculo, por fiabilidad, por motivos estratégicos, etc.

En el mundo rural, aunque podrían haber jugado un papel sustancial tanto el segundo como el tercer factor (escasez de tierras y evitar revueltas campesinas), lo cierto es que este “efecto rebote” no se produce debido a que la demanda de alimentos no se incrementa apenas al bajar el precio. Sencillamente porque los consumidores muy pronto quedan saciados. ¿Acaso comemos más del doble porque el precio sea la mitad?

Debido a la inelasticidad de la demanda, aunque a una empresa agrícola individual pueda resultarle beneficioso por un tiempo ahorrar en mano de obra implantando una nueva tecnología y vendiendo a precio de la tecnología antigua, cuando todas las empresas han adoptado esa tecnología el resultado final es que baja el precio del producto sin que aumente el volumen de ventas, lo que a la postre supone menores ingresos totales para el medio rural y mayores gastos en combustible y maquinaria producida en las ciudades.

En términos más técnicos, se diría que se deterioran los términos de intercambio con el mundo urbano, lo que nos permite trazar analogías con la tesis de Prebisch y Singer, según la cual este deterioro sería una de las principales causas del subdesarrollo crónico de los países empobrecidos.


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El “Modelo de Junta Tórica”: beneficio para los grandes supermercados

La explicación del “efecto rebote” de Jevons data mediados del siglo XIX, y tiene sus serias limitaciones. Al igual que en la agrigultura la demanda pronto se topa con que los consumidores están saciados, algo similar acaba ocurriendo a la larga con otros sectores. De allí que fuera necesario desarrollar otras teorías complementarias para explicar el aumento del empleo observado en la práctica, generalmente en nuevos sectores que aparecen de la nada, o actividades -como la peluquería- que sin incrementar su productividad crecen fuertemente “a rebufo” del desarrollo urbano.

Recientemente ha cogido cierta fuerza la teoría del Modelo de Junta Tórica, o la O-Ring Theory (en inglés), según la cual el desarrollo técnico en un sector -o en un eslabón concreto de la cadena de suministro- incrementa fuertemente el valor de los demás sectores. De esta manera, por ejemplo, la aparición de cajeros automáticos no supuso el despido masivo de los empleados de banca, sino que los hizo más valiosos al cambiar su rol de meros repartidores de dinero a verdaderos relaciones públicas que solucionan problemas y se especializan en vender productos de inversión.

Pero incluso entre quienes con más insistencia defienden esta vía para sostener que “las máquinas nunca provocarán desempleo masivo”, como el economista del MIT David Autor, no queda más remedio que reconocer inevitablemente que la explicación no es universalmente válida. Y el mundo rural se utiliza, una vez más, como ejemplo paradigmático de las carencias de esta teoría. Lo que al parecer funciona en la urbe, no funciona en el campo.


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Si dentro de una cadena de valor el desarrollo de un eslabón fortalece al resto de eslabones, ¿quiénes se benefician de la creciente mecanización agrícola? La respuesta en este caso es sencilla: la industria agroquímica (fertilizantes, pesticidas, semillas, piensos…), la industria de transformación alimentaria y sobre todo los distribuidores. Harto conocidas son las denuncias del brutal incremento de precio que se produce entre el campo y el consumidor final. Y generalmente todos estos eslabones también se ubican en las grandes urbes, o al menos en las cabeceras de comarca.
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Sociología del territorio: fuerzas centrífugas vs. fuerzas centrípetas

Pero si los paises emergentes tenían la salida de una política de industrialización, y el aumento de la productividad agraria refuerza el valor de los demás eslabones de la cadena agroalimentaria… ¿por qué el mundo rural no es capaz de beneficiarse también de la tecnología, apostando por industrializar y retener estos elementos de la cadena de valor que se ven impulsados indirectamente por la mecanización?

La respuesta es compleja, y desde luego que hay mucha responsabilidad por parte del propio mundo rural al no ver venir estos cambios y prepararse para ellos. Recientemente incluso hemos podido ver algunos ejemplos esperanzadores, con el desarrollo del turismo rural, la venta directa del agricultor al consumidor, y una producción que empieza a primar la calidad (frente a la tradicional obsesión por la cantidad y el precio, perfectamente retratada en la canción popular “A la Mancha manchega”).

Desgraciadamente se trata de flores en el desierto. Nos pueden llenar el corazón de alegría, pero el panorama general es el que es, y tiene muy difícil remedio. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que -independientemente del sistema económico- la mayor parte de las técnicas y tecnologías se benefician de las economías de escala y de aglomeración, y requieren de un umbral mínimo de población y de densidad demográfica para ser viables. Son muy escasas aquellas tecnologías para las que resulta más conveniente la dispersión geográfica.

En términos de sociología del territorio -que no solo abarcaría la tecnología, sino también aspectos como el orden institucional- se habla en este sentido de fuerzas centrípetas (que concentran la población y el poder en lugares determinados) y fuerzas centrífugas (que la reparten). Y, aunque existan notables excepciones -que podemos y debemos explorar-, generalmente se consideran centrípetos los sectores  industrial y de servicios, y centrífugo el sector agrícola. E incluso este, al destinarse crecientemente a consumidores urbanos residentes a cierta distancia de donde se produce, acaba cayendo víctima de la centralización por pura economía logística y por las economías de escala de la gran maquinaria agrícola (concentración parcelaria, muy relacionada también con la expulsión de pequeños agricultores a la ciudad al perder sus tierras) y otras formas de industrialización del agro.

Consumo de combustible vs. densiad de población

Una alta densidad de población permite reducir drásticamente el consumo de petróleo, por lo que su encarecimiento favorece a las ciudades.

Para acabar de desdibujar las cosas, aunque mucha gente repita el tópico de que el fin del petróleo barato supondrá el colapso de las ciudades y la vuelta masiva al campo, resulta bastante más plausible que la mayor eficiencia energética de los corredores densos de hecho favorezca a las ciudades. Dicho de otra manera: el encarecimiento del combustible nos obligará a recurrir al transporte público, y el transporte público no es viable con la población dispersa. Solamente habría vuelta al campo si el petróleo hace inviable toda la maquinaria agrícola.
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Grandes políticas, pobres resultados

La búsqueda de remedios para el drama que se cierne sobre el mundo rural a raíz de la industrialización urbana y mecanización del campo tiene numerosos precedentes, que algunos remontan incluso hasta el siglo XVIII, pero no es hasta el advenimiento de la mal llamada Revolución Verde -entre los años 60 y 80 del s.XX- en que las grandes potencias de la época empiezan a experimentar con medidas políticas para afrontar la cuestión.

En los EE.UU. se siguió una orientación de tipo más liberal. A pesar de los grandes subsidios agrícolas -que buscaban ante todo garantizar la soberanía alimentaria a la vez que favorecían la mecanización del agro-, y siguiendo el lema “hazte grande o lárgate”, simplemente permitieron la muerte del mundo rural integrando los despoblados en su red de parques nacionales y otras áreas protegidas, para su “asalvajamiento”.

Yellowstone

Parque Nacional de Yellowstone – Foto: Feelgrafix
EE.UU. ha aprovechado el despoblamiento rural para favorecer la red a áreas protegidas.

Al otro lado del telón de acero -en la Unión Soviética-, aunque no operaban las fuerzas de un sistema de mercado, el problema tenía la misma naturaleza -física- subyacente. En este caso, se manifestaba en la dificultad de elevar los estándares de vida entre una población rural dispersa, y al tiempo mantener ocupados y productivos a sus habitantes. De acuerdo con su concepción más totalitaria de la política, durante el mandato de Nikita Jrushchov se procedió reasentar forzosamente a la población rural en las denominadas agrogorody -una especie de mini-ciudades agrícolas con tamaño suficiente para cambiar la vida y cultura-, y así aprovechar ciertas economías de escala -lo que permite un cierto grado de industrialización y hace más viable la supervivencia de estos núcleos-.

El enfoque europeo, por su parte, es tal vez el más amigable hacia el mundo rural, en toda su esencia. Pero también el más caro: tratar de fijar a la población a golpe de talonario, mediante subsidios al desarrollo regional y más recientemente introduciendo cambios en la estructura de subsidios de la Política Agraria Común -siempre en la incertidumbre de verse renovada cada 7 años-.

A pesar del enorme coste para el contribuyente de esta orientación de la política europea, los resultados -sobre todo en España- son más bien modestos. La población sigue envejeciendo a marchas forzadas y al final no queda más remedio que aceptar parte de las políticas norteamericana y soviética: abandonar a su suerte regiones enteras y tratar de salvar lo que queda concentrando servicios en cabeceras de comarca.
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Ideas, instituciones y tecnología apropiada para el mundo rural

Pero, a pesar del panorama tan sombrío que se ha descrito hasta el momento, vale la pena seguir luchando por el mundo rural. La experiencia acumulada por las grandes políticas descritas en el apartado anterior nos dice que debemos alejarnos de pretendidas soluciones globales, dictaminadas de arriba hacia abajo, y empezar a abrazar la idea de que la búsqueda de una salida ha de estar en manos de la propia población rural y gestionada a escala local. En parte es lo que se persigue con la Ley para el Desarrollo Sostenible del Medio Rural, y el programa LEADER de la Unión Europea.

Aún a la vista de todos los problemas que ha ocasionado la mecanización del campo, uno no puede simplemente renunciar a la tecnología y los avances científicos. En primer lugar porque, aunque individualmente o localmente se decida no invertir más en maquinaria, los precios (y los menguantes términos de intercambio) te los marcarán el resto de empresas y países que sí han invertido. Además, si no queremos que la población huya a la ciudad en busca de mejores sueldos, debemos ser suficientemente productivos para poder pagar una cantidad similar a la de los empleos urbanos, pero sin reducir su número. Finalmente, para que el trabajo resulte atractivo, también debe reducirse las tareas excesivamente duras, penosas, repetitivas y aburridas. Muchos empleos agrícolas actuales son rechazados por la población autóctona, y solamente los asumen inmigrantes -en una situación más desesperada-, precisamente por este motivo.

appropiate-tech

Ejemplo de tecnología apropiada
Foto: Critical Design
Con una inversión mínima, muy inferior a la de un sistema de agua canalizada, estas mujeres pueden transportar el agua hasta sus hogares con menos esfuerzo y sin dañarse la espalda

Una vez más, debemos volver nuestra mirada hacia los paises que ya han experimentado el dominio colonial, donde se ha desarrollado el concepto de tecnología apropaida. Es decir, aquellas diseñadas específicamente para beneficiar a la comunidad que los utiliza, y no para reportar un beneficio individual a corto plazo que perjudique al resto.

Y aunque las condiciones locales varíen enormemente de una comarca a otra, siguiendo la explicacióna de este artículo -con todos los matices que se le hagan-, sí podemos establecer unas líneas genéricas para desarrollar modelos de negocio y tecnologías para el entorno rural:

  • Evitar aquella mecanización que ahorre principalmente tiempo de trabajo, y abrazar aquella que haga el trabajo más sencillo, ligero y agradable. Cada vez más gente busca trabajos que generen satisfacción -cosa que un ejercicio ligero al aire libre proporciona perfectamente-, aunque eso pueda implicar en ocasiones salarios ligeramente inferiores. También cabe remarcar cómo se valora la seguridad y la sensación de empoderamiento que genera el autoempleo, por lo que resulta fundamental facilitar el acceso a la tierra en lotes de tamaño adecuado a una unidad familiar y sin tener que desembolsar de entrada -en la compra de tierra- un capital que sería mucho más interesante invertir en circulante (semillas, fertilizantes, etc.). Lo mismo sucede con otras barreras de entrada que frustran al recien llegado, como las normas sanitarias pensadas para grandes industrias que imponen inversiones excesivas para el productor a pequeña escala sin proteger realmente la salud de las personas.
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  • Abandonar la idea de que es necesario producir más alimentos para aumentar nuestros ingresos y combatir el hambre en el mundo. Ya hay sobreproducción de alimentos, y producir más solamente acaba hundiendo los precios mundiales y empeorando los términos de intercambio explicados más arriba. Todo el mundo rural sale perjudicado por ello. Es mucho mejor centrar nuestro ingenio en tratar de ahorrar en gastos, sustituyendo insumos industriales, y por la parte de ingresos tratar de vender productos de más valor añadido. En vez de intentar incrementar nuestros ingresos produciendo más cantidad, es mejor crear productos más apreciados por nuestros clientes: de más calidad, más elaborados o con un diseño más atractivo, que les lleguen directamente (gracias a Internet y a algunas plataformas tecnológicas se facilita la comercialización directa, y eso que te ahorras en intermediarios), que tengan una historia interesante detrás (Storytelling) que el cliente valore y aprecie -estando dispuesto a pagar más por ello-, etc.
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  • Recomponer el tejido social local y el mercado interior. En nuestra obsesión por vender a las ciudades, “que pagan más”, hemos dejado con frecuencia desatendida la demanda local. ¿Cuánta fruta, verdura y alimentos procesados importados de lugares distantes -y con intermediación urbanita- podemos ver en las típicas tiendas y supermercados de nuestros pueblos, a un precio muy superior al que nos pagan los mayoristas de la ciudad? Que esto haya sucedido no es fruto de una malvada confabulación ni “del capitalismo”: es el resultado de que los vecinos ya no hablen entre sí, que ya no se produzcan esas conexiones sociales que son la base para hacer negocios y de tener una vida cultural interesante. Recomponiendo las relaciones con nuestros vecinos se dinamiza toda la economía.
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  • Pensar en la sostenibilidad a largo plazo, tanto ambiental como económica y de crecimiento personal, de manera que estas iniciativas puedan ser asumidas por la siguiente generación con ilusión y ganas de labrarse un futuro. En vez de esquilmar la fertilidad de la tierra, con la creencia de que nadie tomará relevo en la granja familiar, hay que volver a alimentar nuestros suelos con buenos aportes orgánicos y recuperar la capacidad de los ecosistemas locales para producir alimentos que cazar o recolectar. Y en vez de formar a nuestros hijos como meros empleados de la industria y los servicios tecnológicos, sería preciso adaptar el currículo escolar a la realidad del mundo rural y los trabajos agrícolas.
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  • Buscar modelos de negocio innovadores que faciliten el acceso al uso de la tierra y otros recursos ambientales, y desarrollar productos a ser posible fuera del ámbito alimentario, en sectores donde la demanda pueda mostrar elasticidad suficiente (recordemos: que si baja el precio crece el mercado) y se encuentre lejos de estar saturado. ¿Plantas aromáticas y cosméticos naturales? ¿Cuidado de mascotas en tiempo de vacaciones? ¿Santuario para animales rescatados por animalistas? ¿Experiencias de convivencia? ¿Microproyectos financiados mediante crowdfunding? ¿Apostar por la economía social? Cada cual que encuentre su nicho.
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Algunas pinceladas para montar agronegocios siguiendo esta filosofía ya han sido mencionados en nuestra entrada sobre Joel Salatin, con su enfoque permacultural. Pero hay muchas otras vías, que se ajustan mejor a los principios y preferencias de cada cual. Podéis encontrar ejemplos concretos en esta publicación del INTA (Gob. de Argentina) ¿Se os ocurren más?
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2 respuestas a La tecnología agraria que mata al mundo rural, y tecnología que lo puede salvar

  1. stefannolte dijo:

    Aquí un interesante artículo en El País:
    “Cómo hacer crecer a la vez plantas ecológicas y trabajadores”
    https://economia.elpais.com/economia/2017/07/05/actualidad/1499272614_150828.html

  2. Pingback: Biochar: carbón vegetal para aumentar la fertilidad del suelo y convertirlo en “terra preta” | FINCA LA GOLFILLA

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