Tres ejemplos de arte rural: Casoli, Bogarra y Elche de la Sierra

lavadero

Antiguo lavadero de Casoli, decorado con ninfas y otros seres mitológicos.
Foto: Stefan Nolte

Husmeando por la biblioteca cayó en mis manos un libro de notable interés para la temática que solemos tratar en este blog -particularmente aquella relativa al desarrollo rural-, aun a pesar de que su autor en ningún momento pensara en ella.

Estoy hablando de la obra ¿Por qué no vienen a los museos? Historia de un fracaso, de Juan Carlos Rico, arquitecto y doctor en arte contemporáneo. La tesis central de la obra es que, aun a pesar del notable incremento del número de visitantes a los museos en los últimos años, este fenómeno es de una extraordinaria fragilidad: cada vez más estudios señalan que la gente va al museo por una sensación de obligación social, sin disfrutar de la obra ni sentir que la misma les ha aportado nada.

Se trata de un texto muy duro y autocrítico con el mundo del arte contemporáneo, pero con datos y reflexiones de enorme interés para cualquier otra exposición de tipo cultural. Y en consecuencia con un potencial impacto sobre el sector turístico, por el cual viene apostando fuertemente el mundo rural en los últimos lustros.

A lo largo de su lectura, han venido una y otra vez a mi cabeza algunos ejemplos de arte rural, y de cómo se relacionan con los pasajes de la obra. Aprovecharé, por tanto, esta breve reseña para dejar algunas reflexiones personales –de alguien poco experto en temas artísticos- y pasar a hablar de tres iniciativas que me han cautivado particularmente: Casoli (Toscana, Italia), Bogarra y Elche de la Sierra (ambos en la provincia de Albacete).

Arte rural ¿una oportunidad?

laburo

“Cuando el trabajo era un arte”, uno de los lemas que inspiraron a Casoli.
Foto: Stefan Nolte

Juan Carlos Rico inicia su obra constatando que la práctica totalidad de los visitantes de un museo salen del mismo con una sensación de cansando, de jet lag en palabras del autor. Algo que podría considerarse normal en exposiciones grandes –aunque no debería-, pero que sucede incluso en las más pequeñas. Y que está provocando una huida cada vez más generalizada de esta visita obligada a los museos. ¿Por qué?, se pregunta en la obra.

Aunque resumir la totalidad del libro en estas líneas sería pretencioso, sí quiero destacar algunas cuestiones y ejemplos. Juan Carlos Rico destaca que antiguamente los museos se concibieron para realizar visitas rápidas, a unas pocas obras –jamás a la totalidad de la exposición, repitiendo visitas si fuera preciso- elegidas previamente y habiéndose documentado sobre las mismas antes de verlas, buscando con la visita ante todo una experiencia sensible que no se puede obtener a través de frías descripciones estilísticas en un libro.

Todo esto ha cambiado recientemente, con la masificación de los museos, cambios en los mercados y las exigencias sociales, y las nuevas tecnologías.

El tipo de visitante es distinto. Normalmente no se ha tomado un tiempo para seleccionar previamente las obras en concreto que desea ver, ni en documentarse sobre ellas (lee la tesis que acompaña a las mismas en el propio museo), a pesar de que las visitas virtuales que ofrece la revolución digital lo facilita más que nunca. No tiene una formación adecuada para disfrutar de la obra -a causa de la orientación academicista de nuestro sistema educativo-, y aun a pesar de ello quiere parecer una persona culta participando en estas visitas. Desea estar a la última, lo que devalúa las exposiciones permanentes y fomenta las temporales.

Por las largas colas que se forman -o los elevados precios que se cobran para entrar-, el visitante no tiene realmente esa libertad de realizar múltiples visitas de corta duración, y se vuelca en tratar de verlo todo, deambulando por horas en las exposiciones –hasta acabar agotado- y sacrificando el tiempo para contemplar las propias obras. Algo a lo que también contribuye el exceso de aforo –la muchedumbre te empuja a seguir caminando-, que a su vez viene favorecido por la voluntad de rentabilizar las exposiciones. Y las condiciones de iluminación y climatización para conservar las obras tampoco son óptimas para el confort del visitante.

El lector avispado ya sabrá por dónde van los tiros, en lo relativo al arte rural. Y es que si algo hay en el polo opuesto a la masificación urbana, eso es precisamente la tranquilidad del pueblo y su entorno natural. Un pueblo que tampoco podrá permitirse el lujo de grandes exposiciones, sino de unas pocas y selectas obras, rápidamente visibles –unos 20 minutos es la duración adecuada, según Juan Carlos Rico-.

Cabe añadir, por supuesto, que un pueblo necesita esos visitantes mucho más que cualquier urbe. Necesita también algo único que ofrecer al turista, puesto que un paisaje bonito ya se puede encontrar en muchísimos lugares.

Pero, por encima de todo, el habitante del rural tiene la necesidad -como todos los seres humanos, cada cual a su manera- de expresarse, de ser escuchado, y de recibir su merecido reconocimiento. Este debe ser, al fin y al cabo, el objetivo primordial de cualquier actuación artística.

Los tres ejemplos que siguen pueden aportar algo más de luz sobre el asunto.

El pueblo del grafiti

paesegraffiti

Año 2009. De vacaciones por la Toscana (Italia), me recomiendan visitar el apartado poblado de Casoli, pedanía del término de Camaiore. Para mí, la experiencia más gratificante hasta la fecha en temas de arte rural. Y una visita que considero obligada para cualquier persona que viaje a esas tierras.

Todo empieza a mediados del siglo XX, cuando el artista italiano Rosario Murabito –durante un viaje de trabajo para realizar estatuas de bronce- se enamora de Casoli, y para rendirle homenaje realiza un primer ‘grafiti’ en la plaza principal. Pronto establecería allí su residencia. Desde entonces los vecinos ceden sus paredes, y diversos artistas, universidades y estudios de arte se encargan de ejecutar sus proyectos sobre ellas. De manera muchos de ellos no solo se dan a conocer, sino que benefician directamente al desarrollo rural de una comarca en riesgo de despoblación.

En su libro, Juan Carlos Rico comenta la evolución histórica que ha sufrido el arte desde el Barroco. En aquella época, las obras estaban concebidas como una parte del espacio –iglesia, palacio…- en el que se exponían. Con el paso del tiempo, las obras de arte adquirieron su propio protagonismo –particularmente al trasladarse a museos-, siendo hoy en día el elemento central de cualquier exposición y obligando a adaptar el espacio acorde a ella. Pero cada vez más artistas contemporáneos buscan una vuelta a los orígenes, a espacios urbanos o naturales como espacios en los que el contexto da pleno significado a la obra. Y así se recupera la experiencia sensible, sin la necesidad de venir acompañada con un texto de tesis explicándola.

¿Ha logrado Casoli estos objetivos? Pues que juzgue el lector, ya que las imágenes hablan por sí solas. Un minúsculo poblado de montaña de repente está en el mapa de las rutas culturales por Italia. Y las propiedades inmobiliarias se han revalorizado enormemente, con numerosas personas deseando afincarse en el lugar. ¿Quién da más?

Fotos: Stefan Nolte

La Ruta de las Esculturas.

A día de hoy la última de mis visitas culturales. Bogarra (Albacete) inició el año 2012 un proyecto para convertir la Senda de los Batanes –hasta entonces bastante insulsa- en un paseo artístico excepcional. Talladas en roca viva y en madera, nos encontramos con decenas de esculturas de todos los tamaños, en lugares particularmente aptos para el descanso y la contemplación.

Cada año se organizan unas Jornadas de Escultura en el Paisaje, durante las cuales escultores cualificados pueden realizar sus proyectos sobre las rocas, a cambio de alojamiento gratuito en los hospedajes que pone a su disposición el Ayuntamiento.
Volvamos al libro reseñado para reflexionar sobre esto. Una de las causas del agotamiento que producen los modernos museos es, según Juan Carlos Rico, la imposibilidad de descansar tanto física como psicológicamente. Pero cita algunas excepciones que confirman la regla:

  • Museo Okanoyama (Nishiwaki, Japón): muestra un número muy reducido de obras. Dispone de solamente tres salas, pero destaca porque entre cada una de ellas el visitante se encontrará con unos espacios de color, agua y vegetación que le permiten un descanso psicológico para poder enfrentarse con coherencia a la obra del artista.
  • Museo de la Fundación Getty (Los Ángeles, EE.UU.): con una colección enorme, entre las salas se intercalan galerías cubiertas con asientos, pero con acceso a terrazas que permiten un verdadero diálogo interior-exterior para aligerar una visita que podría alargarse varias horas.
  • Museo Tate (Londres, Reino Unido): se permite a los visitantes adquirir unas ligeras sillas plegables, para poder sentarse cómodamente en cualquier lugar de la exposición y por el tiempo que se desee. Sin competencia por unos siempre escasos asientos fijos.

La Ruta de las Esculturas no solo integra la obra en un contexto de espacio natural, sino que combina magistralmente el descanso físico que la actividad del senderismo precisa de tanto en cuanto, con el descanso psicológico que implica el caminar junto a un arroyo entre escultura y escultura.

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Alfombras de serrín

Sin salir de la comarca de la Sierra del Segura (Albacete), nos plantamos ahora en Elche de la Sierra. En ella, se celebra durante la víspera del Corpus Christi un evento muy singular, declarado de Interés Turístico Nacional: las Alfombras de Serrín, verdaderas obras de arte sobre las que a la mañana siguiente caminarán los niños que han tomado su primera comunión –siguiendo la tradición de las alfombras de flores catalanas-.

Más allá de los tintes religiosos -que atraen más o menos según el propio sentimiento-, o de la pena que pueda sentir alguien por ver pisoteado tanto esfuerzo humano, buena parte del atractivo que tiene este evento proviene precisamente lo efímero del mismo.

Comentábamos antes el éxito que estaban cosechando las exposiciones temporales frente a las permanentes. En muchísimos casos sin que realmente tengan nada de excepcional: Juan Carlos Rico cita a este respecto el tremendo éxito de una muestra de Velázquez organizada en el Museo del Prado, utilizando básicamente los fondos propios que ya se exponen habitualmente. Pero muchos percibieron el acontecimiento como algo único e irrepetible, y el público acudió en masa.

Algo similar ocurre con las Alfombras de Serrín de Elche de la Sierra: aunque ciertos motivos se repitan inevitablemente año a año, cada vez es diferente y nos trae gratas sorpresas -con frecuencia originales motivos sin carga religiosa alguna-. Como visitantes, podemos disfrutar no solo de la obra, sino de ver trabajar a los artistas (¡y aficionados!) durante toda la noche e integrarnos en un ambiente claramente festivo y lleno de bullicio pre-veraniego. ¡Como para no animarse!

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Fotos: Alfombras de Serrín en Facebook

¿Conocéis otras experiencias de arte rural? ¡Compartidlas en nuestra sección de comentarios!

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Acerca de stefannolte

Alemán de Mallorca, enamorado de las tierras de Albacete y firme defensor del medio ambiente.
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2 respuestas a Tres ejemplos de arte rural: Casoli, Bogarra y Elche de la Sierra

  1. stefannolte dijo:

    Otro ejemplo maravilloso, que acabamos de conocer.

    Toda una alegoría a aquellos que ya no están: sus propios habitantes. Rellenando el vacío demográfico con esculturas / pintura sobre acero.

  2. stefannolte dijo:

    En este caso se trata de arte más bien urbano, pero que tal vez (por su reducido tamaño) tendría gran interés en los pueblos o cascos históricos, particularmente si estos han tenido tradicionalmente una relación con la fundición -como podría ser el caso de las Reales Fábricas de Riópar (Albacete)-.

    La expeciencia viene de Japón:

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