Cómo crear una moneda complementaria fiable

Y por qué la mayoría de ‘criptomonedas’ son una vulgar estafa piramidal

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Durante la Guerra Civil Española muchos ayuntamientos emitieron su propia moneda para poder seguir funcionando a pesar de la contienda. Foto: Patrimonio Ayora

Uno de los temas de moda últimamente en la prensa económica es el de las llamadas criptomonedas, y particularmente del ‘bitcoin’. Estas pretendidas “monedas” aspiran a ser un sustituto fiable del dinero fiduciario que nos ofrecen el Estado y el sistema bancario, aunque en realidad –como veremos- son un simple engaño. Con un discurso atractivo (pero erróneo) con el que atrapar a los incautos.

Seguro que en este punto más de uno se preguntará: “¿Por qué hablar de ellas en un blog sobre el mundo rural?”. La respuesta es sencilla: porque la idea de ofrecer una alternativa al dinero del Estado no es nueva. Surge siempre que hay grandes crisis, como sucedió durante la Guerra Civil Española. Además, la creación de las mismas tiene una fuerte tradición entre las comunidades agrarias –particularmente las ecoaldeas adscritas al movimiento de la Permacultura-, adquiriendo el nombre de monedas complementarias.

En las líneas que siguen trataré de hacer un esbozo del funcionamiento moderno del dinero y desmontar algunos bulos y errores de consideración que se tienden a hacer. La idea en sí es sorprendentemente sencilla, accesible a todo el mundo, aunque la explicación detallada puede que incluya algún tecnicismo y requiera cierto nivel de abstracción.

¿Por qué crear monedas complementarias?

Puede que para algún lector esta sea la primera vez que escucha el término de moneda complementaria. Así que empezaremos por explicar por qué muchas comunidades juzgan necesario el crearlas.

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Tras la ocupación francesa del Valle del Ruhr (1923-1925) y la resultante huelga general, la República de Weimar fue incapaz de sostener el valor del marco alemán. Los billetes pasaron a ser utilizados como juguetes o combustible, empobreciendo masivamente a las clases medias y favoreciendo el posterior auge del nazismo.

En primer lugar, debemos destacar que el valor del actual dinero depende en muy gran medida del poder del Estado para redactar y hacer cumplir las leyes –particularmente las relativas al crédito y a la deuda-, así como de su capacidad para establecer y recaudar impuestos. También se relaciona –aunque esto no sea del todo exacto- con el sistema económico capitalista y la gran banca. Así que lógicamente las personas de ideología anarquista, y muchas otras pertenecientes a la izquierda alternativa, sienten un notable y visceral rechazo al dinero “oficial”, pero a la vez no siempre quieren renunciar a las ventajas que supone el contar con un medio de pago en vez de recurrir al trueque u otras fórmulas de dudosa eficacia.

Asimismo, esta vinculación con el poder del Estado supone en sí misma un importante riesgo. Si el Estado se debilita, si desaparece, si hay un fuerte shock de oferta (como el pico del petróleo), o simplemente si cae en manos de malos gobernantes, hay una probabilidad más bien alta de que el dinero “oficial” pierda todo su valor (hiperinflación). También sucede que, en algunos casos más raros -como en las grandes depresiones-, este se vuelva tan escaso que a la práctica no se pueda utilizar para los típicos pagos cotidianos, generando así un gran desabastecimiento de la población e importantes bolsas de pobreza (deflación).

En el caso específico de las economías más locales y de las comunidades rurales, existe además un problema añadido: las decisiones macroeconómicas que regulan el valor y la abundancia del dinero se toman pensando en el conjunto de la nación –y últimamente (en Europa) a escala continental-, lo que equivale a hablar de los intereses de un puñado de grandes metrópolis. Para nada se tienen en cuenta las necesidades de regiones enteras que con frecuencia han quedado totalmente fuera de los principales circuitos comerciales y luchan por frenar la despoblación. Tampoco se tiene en cuenta a la propia población urbana excluida, que al recurrir a estas monedas (y sobre esto hay una amplia experiencia) mejora notablemente su bienestar material y mental. Tanto en las zonas rurales como en los barrios marginales la población sufre de forma crónica una escasez de moneda que el resto de la economía solamente nota en momentos de severa crisis.

Y, por supuesto, está la clásica cuestión de la gobernanza. Desde hace ya algunas décadas, con la intención de evitar los abusos por parte de algunos políticos con pocos escrúpulos, entre las élites globales se ha impuesto la idea de que el banco central y toda la política monetaria resultante debe ser independiente tanto del Gobierno como del Parlamento. Se convierte así en una institución profundamente antidemocrática, a pesar de la enorme trascendencia que sus decisiones tienen sobre el conjunto de la sociedad.

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El Banco Central Europeo es el blanco habitual de numerosas críticas por déficit democrático

Pero claro, en el fondo este arreglo institucional no es tan diferente a la independencia de la justicia (cuando la hay), que es precisamente uno de los pilares básicos de las democracias liberales. Y si la alternativa es que el banco central sea un instrumento en manos de unos gobernantes cuyo uso del poder es en gran medida arbitrario, y cuya rendición de cuentas ante la sociedad deja tanto que desear, la disyuntiva planteada tampoco parece nada halagüeña. Solamente desde una radicalidad democrática, por lo general inviable a gran escala (imposible poner de acuerdo a millones de personas), se rompe esta lógica perversa y se pone el dinero al servicio de la gente.

¿Monedas libres de tipos de interés?

Como puede observarse, existen muchas y poderosas razones para rechazar –al menos parcialmente- el sistema monetario actual, y en consecuencia se propongan monedas alternativas o complementarias: que no aspiran a sustituir completamente el dinero “oficial” (que en muchos aspectos funciona razonablemente bien), sino que pretenden llegar a los estratos de la sociedad donde este no llega o no es útil.

Desgraciadamente, al abogar por las monedas complementarias, muchos activistas también utilizan con frecuencia argumentos cargados de desconocimiento sobre el funcionamiento del dinero. Es el caso de quienes, por ejemplo, afirman que la mera existencia de tipos de interés positivos en los préstamos (por pequeños que sean) hace que la deuda sea “imposible de devolver” y que por tanto conduzca “inevitablemente” a una quiebra que esclavizaría a toda la sociedad. Para muestra, un botón:

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De forma resumida, el error fundamental de estos razonamientos suele ser el no tener en cuenta que el dinero básicamente representa el flujo de mercancías y servicios. Si el dinero fluye en una dirección, las mercancías fluirán en el contrario. Por tanto bastaría con crear nuevas mercancías –la existencia de una plusvalía por importe suficiente- para que la deuda sea pagable.

Poseer dinero no vale en sí mismo nada, por lo que tarde o temprano el dinero correspondiente a los intereses que cobra un acreedor vuelve a ponerse en circulación (para convertirlo en una mercancía útil), permitiendo saldar definitivamente la deuda. Al final del proceso -y esto es de importancia capital- el saldo siempre debe quedar exactamente a cero. Repito: siempre, a cero exactamente. Debido al principio de identidad contable.

Lo explica a la perfección el economista Juan Ramón Rallo.

Metalismo: el relato erróneo sobre la historia del dinero.

Llegados a este punto, toca hablar de cómo surgió el dinero y cuál es su naturaleza concreta. Un tema que ha intrigado por siglos a la humanidad, pero cuya respuesta en el fondo es insultantemente sencilla. No obstante, sigue predominando un relato sobre el mismo que no por altamente popular es menos falso: el del dinero como evolución de una mercancía.

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Los metalistas creen que el dinero es una mera evolución del trueque.

El relato del dinero-mercancía (comúnmente aceptado incluso entre los economistas, si bien se basa en una mera invención de Adam Smith en una fecha tan tardía como 1776, a su vez inspirándose en una conjetura de Aristóteles) viene a dibujarnos un mundo primitivo en el que nuestros antecesores cazadores-recolectores se dedicaban presuntamente a intercambiar sus herramientas y piezas de caza mediante el sistema de trueque.

Al asentarse la humanidad en ciudades y aparecer los primeros mercados permanentes, se habría visto que este sistema era poco práctico. Como muchos ya habréis experimentado, existe una gran dificultad de intercambiar piezas de valor diferente, por lo que en la jerga económica se denomina una doble coincidencia de necesidades y existencia altos costes de transacción. Así que empezarían a utilizarse algunas mercancías más fácilmente divisibles –como los cereales, el oro o la plata- como intermediarios, reduciendo drásticamente los costes de transacción. Por su elevado éxito como medios de cambio, estas mercancías dejarían de dedicarse a sus usos tradicionales –joyería, uso dental, y hoy en día electrónica- para pasar a utilizarse casi exclusivamente en el comercio, convirtiéndose así en dinero.

Mucho más recientemente (entorno al siglo XIV), para poner el oro y la plata a buen recaudo, se habrían creado negocios especializados en guardar de forma segura (los primitivos bancos), expidiéndose certificados de depósito al portador. Rápidamente la gente se habría dado cuenta de que era más práctico utilizar estos certificados sin sacar el oro de los bancos –nacería así el papel moneda, nuestros billetes-, y los banqueros a su vez verían la oportunidad de prestar ese oro que nadie reclamaba –hasta que se reclamaba masivamente, generando pánicos bancarios-. Debido a esto los gobiernos entrarían a regular a la banca, creando a su vez un banco central como prestamista de última instancia para evitar la quiebra en caso de pánico bancario.

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Centralizado el sistema, y teniendo el Estado el monopolio de la emisión del papel moneda, tras la I Guerra Mundial (y sobre todo en 1971 por decisión del presidente norteamericano Richard Nixon) este papel moneda dejó de ser convertible en oro. Y según los metalistas solamente lo seguimos usando porque confiamos ciegamente en su valor, y porque el Estado le ha otorgado el poder de redimir cualquier deuda (es decir, es de curso legal y forzoso). De allí que lo denominen moneda fiat: literalmente “¡hágase!”,  trazando un paralelismo con el bíblico fiat lux (“¡hágase la luz!”). La intención de asemejar el dinero a un credo religioso parece obvia.

Con el poder de emitir la moneda en exclusiva, el Estado adquiriría una inusitada capacidad de apropiarse de la riqueza ajena, mediante un mecanismo llamado señoreaje: como le basta imprimir papeles, puede conseguir lo que quiera gratis. Sin embargo esta capacidad se usaría con moderación, pues podría producirse una hiperinflación y la sociedad perdería la confianza en la moneda. Desaparecería por tanto la magia.

Un ejemplo claro de este relato puede verse en el pseudo-documental Dinero es Deuda. Nótense algunas muestras sutiles de antisemitismo en el vídeo.

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El metalismo como defecto fundamental del ‘bitcoin’

La idea central que se deriva del relato metalista del dinero es que, aun siendo según ellos más fiable un dinero basado en los metales nobles, las únicas condiciones verdaderamente necesarias para que una moneda adquiera valor son su escasez (natural o artificial) primero, y una confianza etérea por parte de la sociedad en que mantendrá el valor después. En todo caso se considera el dinero un activo neto (es decir, que es riqueza por sí mismo) y no una mera representación de riqueza que en sí no aporta más que facilidad para el intercambio. No hay en la concepción metalista del dinero el saldo estrictamente nulo del que hablábamos más arriba.

Basados en las ideas y prejuicios metalistas, los artífices del ‘bitcoin’ (y de no pocas monedas complementarias de comunidades neorurales) idearon un sistema en el que la cantidad total de moneda está limitada informáticamente a un máximo –pretendiendo imitar los límites naturales del oro- y para poder obtener las primeras unidades es preciso realizar un trabajo para la comunidad o directamente improductivo que llamaron “minería” (nótese la analogía con el metal). Una vez minada, la moneda queda indefinidamente en circulación, y sin posibilidad de reducir su volumen.

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Los metalistas creen que una oferta fija de moneda hace que, por efecto del desarrollo económico, esta incremente su valor indefinidamente. Este credo genera una expectativa de revalorización que atrae la atención de numerosos especuladores sobre el ‘bitcoin’. Sin embargo, el sistema no es capaz de mantenerse.

En todo momento se deja el mantenimiento del valor de este pretendido dinero a la fe ciega de los usuarios. Una fe que sustentan con un discurso peligrosamente parecido al de cualquier estafa piramidal: al estar limitada la oferta (y no poder crecer en proporción al número de transacciones, que creen que aumentará indefinidamente), los partidarios de las ‘criptomonedas’ afirman que la teoría cuantitativa del dinero predice que el valor de la moneda tendería a subir –como de hecho ocurrió con el valor del oro en el siglo XIX-. Campo abonado para atraer la atención de especuladores y crear burbujas financieras.

Pero todo el tinglado falla en un punto muy básico: no hablamos ya del escaso fundamento que tiene la teoría cuantitativa del dinero, sino que si no creamos mecanismos que garanticen la demanda de ‘bitcoins’ (como veremos más adelante) no se cumple la premisa básica del creciente número de transacciones. Y tampoco hay manera de reducir el número de ‘bitcoins’ si baja el número de usuarios, por lo que según esta lógica entraríamos en una espiral de pérdida de valor de la moneda que a su vez ahuyentaría a quienes depositaron en ella su confianza.

Por lo tanto, el valor puede esfumarse en cualquier momento simplemente porque los usuarios dejen de creer en el relato metalista o se cambien de ‘criptodivisa’. Cosa que es demasiado fácil que suceda, de forma masiva y totalmente descontrolada. Como en cualquier pinchazo de burbuja financiera, o mucho más exactamente como el desmoronamiento de cualquier esquema Ponzi (estafa piramidal). Se puede decir por tanto que el valor fundamental del ‘bitcoin’ es cero, o incluso negativo –por la energía que debe gastarse para obtenerlo-.

Debido al credo en el relato metalista, los partidarios del ‘bitcoin’ afirman que exactamente lo mismo le sucede a cualquier otra moneda de las que llaman fiat (como nuestros euros). Pero esta afirmación solo demuestra el desconocimiento sobre el funcionamiento del dinero moderno, y de hecho entra en flagrante contradicción con las acusaciones de que la deuda es impagable por escasez de moneda (como ya vimos unos apartados más arriba). Veamos por qué.

Evidencia histórica: el crédito surgió antes que el trueque

Decíamos antes que el relato metalista sobre el origen del dinero es erróneo. Contiene dos argumentos circulares –el problema de la identificación y el de la elección espontánea-, pero principalmente  falla porque se basa en una mera suposición que no ha sido comprobada científicamente. De hecho, este relato no se corresponde para nada con la muy abrumadora evidencia que tenemos en sentido contrario.

Hace ya tiempo que los antropólogos vienen advirtiendo que en las sociedades cazadoras-recolectoras (u otras que operan sin dinero) no se está produciendo ese sistema de trueque primigenio que presuponen buena parte de los economistas. En su lugar han encontrado un sistema basado en la ayuda mutua, el regalo y en el sentimiento de estar en deuda con alguien –deudas no cuantificadas monetariamente, sin términos exactos de intercambio-. Sólo muy puntualmente se recurre a intercambios tipo trueque, habitualmente entre sociedades diferentes, enfrentadas y sin confianza suficiente como para entregar bienes a crédito. Casi nunca dentro de una misma sociedad.

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Las ‘bullas de arcilla’ son una de las primeras formas de contabilidad, junto a los palos tallados.

Una vez que las sociedades crecen y ganan en complejidad, o cuando surgen algunas tensiones, es cuando se empiezan a anotar las deudas con exactitud. Los primeros vestigios de escritura que tenemos son precisamente esto: apuntes contables. Y datan en sus formas más primitivas de hace 15.000 años, muchísimo tiempo antes de aparecer nada parecido a una moneda.

De hecho, las deudas apuntadas con exactitud casi nunca representaban un intercambio de mercancías, sino que suelen ser la evolución de una antigua forma de reconocer una especie de ‘deuda de sangre’ tras haber hecho un daño irreparable a alguien (matar a un pariente…), y tratar de pacificar la tensión entregando algún bien con enorme valor simbólico (que embellecía a la persona, de allí el oro) para situarse por debajo suya, a modo casi de sirviente o esclavo. Técnicamente no se intercambia nada, sino que una persona hace una ofrenda a otra con fines simbólicos.

Más adelante, a partir del sistema de castigos a delincuentes, deudas de sangre, tributos y crédito organizado desde los centros de poder –hace falta un mecanismo coactivo para garantizar el cumplimiento estricto de las deudas-, surge la posibilidad de transmitir estos derechos de cobro a terceros, y con ella el dinero como medio de pago universal. El dinero es pues una criatura del primitivo Estado, y no fruto espontáneo del mercado –como les gusta creer a algunos economistas liberales-.

Este dinero habitualmente no tenía una representación física (era un mero apunte contable, inmaterial como los actuales bits), pero en ocasiones –sobre todo al formarse los primeros imperios- terminaba tomando forma de fichas, tablillas de arcilla o más tardíamente monedas. Monedas cuyo valor facial siempre era claramente superior al del metal que contenían, demostrando por tanto que su contenido de metal era bastante irrelevante para generar una demanda estable y fiable. Pero con un contenido metálico que actuaba de valor de última instancia (siempre inferior) en caso de desmoronarse el imperio: bastaba fundir la moneda y se tenía algo valioso.

El mecanismo en estos casos solía ser el establecimiento de impuestos y tributos sobre territorios sometidos, de forma que existiera demanda forzosa de estas fichas y monedas. Así, los ejércitos podían llevar consigo estas fichas y monedas para hacerse con los alimentos y otros bienes que necesitaban (pues la población local necesitaba fichas para el pago de impuestos), en vez de tener que arrebatarlos por la fuerza (agravando el conflicto) o transportar todo su avituallamiento desde la metrópolis (logísticamente complicado, y muy caro).

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Jesús expulsando a los mercaderes del templo. Irónicamente, los primeros mercados surgieron entorno a centros religiosos y de poder.

Y es precisamente la aparición del dinero (y la consiguiente reducción de los costes de transacción) la que permite que aparezcan los mercados estables, casi siempre entorno a los centros de poder que originaron su aparición. El trueque como medio de intercambio generalizado en realidad no es más que un recurso de emergencia que surgiría hacia el final, cuando en los mercados firmemente establecidos falta tanto el dinero como sobre todo el crédito –la confianza en que un extraño cumpla con sus promesas-, de forma que no queda otra que truequear para obtener las mercancías que se espera obtener.

Fijémonos cómo ha cambiado el relato (simplificándolo a un modelo de evolución lineal).

Mito:
Trueque ocasional->Mercados->Dinero mercancía->Crédito y deuda->Dinero fiduciario

Realidad:
Crédito y deuda->Dinero fiduciario->Mercados->Dinero mercancía->Trueque ocasional

Para profundizar en este tema, y descubrir de paso sus profundas implicaciones morales, recomiendo totalmente la lectura del libro Deuda: sus primeros 5.000 años, del antropólogo David Graeber.

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El dinero es un contrato, y cualquiera puede crearlo

De la explicación anterior puede fácilmente deducirse que si hasta los más primitivos pudieron crear un sistema de deudas que derivó en la aparición del dinero, con más razón puede hacerlo cualquiera de nosotros. De hecho, lo hacemos diariamente cuando le prestamos algo a un vecino y esperamos recuperarlo.

Dado que cuando por el tamaño de la comunidad, el relativo anonimato, los abusos o los malos entendidos (y más comúnmente la violencia) esta confianza se debilita, es cuando empieza a llevarse a cabo un registro sistemático de quién debe qué a quién. Adquiere la deuda así un carácter contractual, que además permite su transferibilidad a terceros (usar el contrato como medio de pago).

Tal vez la representación más simple de esto sea un tipo de documento llamado pagaré, que obviamente puede denominarse en la unidad de cuenta que se desee. Los pagarés convierten una moneda (unidad de cuenta) en dinero (medio de cambio con valor).

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Los pagarés (que permiten su endoso a terceros) actúan con frecuencia como dinero.

En general, cuanto más conocido y fiable sea un deudor, tanto más fácil es que su compromiso de devolver algo sea aceptado por un tercero. Si además se dispone de los medios (poder económico, social o militar) para garantizar que se cumplirá lo prometido, tanto más fiable será el compromiso. De allí que este sistema contractual se organice dominantemente entorno a centros religiosos y de poder, que con el tiempo darían paso al Estado y se harían con el control monopólico para imponer un cierto estándar –función de la moneda como unidad de cuenta-, que no tiene ni por qué estar vinculado a una mercancía en concreto sino simplemente ser un valor flotante.

Habitualmente es la capacidad de los poderosos para imponer penas, tributos e impuestos de una determinada especie (hacer que algunos individuos de la sociedad estén en deuda con la institución a la que representan) la que crea en primer lugar este tipo de anotaciones en forma de tablillas de arcilla, monedas de metal, o simples billetes. El poderoso las entrega entonces a cualquiera de sus proveedores (en vez de tener que “truequear” con ellos) para obtener aquello que quiere, de forma que el individuo deudor podrá redimir su obligación entregándole la especie (o cualquier otra cosa que se juzgue equivalente) al que porte la tablilla o el billete, y finalmente entregándola al poderoso como prueba de que ha cumplido su obligación.

Veamos un caso práctico, aplicado a una comunidad rural, que de paso nos permitirá diseñar nuestras propias monedas complementarias y desvincularlas de los tradicionales poderes del Estado –para depositarlas en el poder de la comunidad-.

Cómo crear una moneda complementaria fiable

1. ¿Realmente necesitamos el dinero?

Un primer debate colectivo imprescindible es el plantearnos si nuestra comunidad va a necesitar realmente una moneda complementaria, y qué queremos dejar en su radio de acción –pues habrá ciertos ámbitos en los que prefiramos preservar un tipo de relación diferente, por ejemplo en el sustento más básico-. Saltarse este punto podría dar pie a muchas discusiones futuras, pues no se habrá establecido la base cultural del sistema económico.

Como ya hemos visto, las comunidades de menor tamaño suelen basarse en economías mutualistas y en economías del regalo (en muchas familias o grupos de amigos persiste) o en la entrega a crédito de ciertos bienes y servicios sin una contabilidad exacta de quién debe qué a quién. También podría darse el caso de ser suficiente con utilizar las monedas oficiales en transacciones interiores puntuales, de mayor importe (compraventa de tierras o maquinaria), o simplemente llevar la contabilidad de lo que se entrega y fijar ciertas proporciones entre categorías de productos (en el mesolítico superior solía hacerse con un palo tallado).

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Pero a partir de cierto tamaño (entorno a las 100 personas) sí puede resultar conveniente la creación de una moneda complementaria local o virtual. Recordemos que el trueque –por el que abogan muchos colectivos críticos con el sistema monetario estatal- es muy poco efectivo, e históricamente solo se ha dado entre comunidades enfrentadas en las que reina la desconfianza. De hecho el término trueque suele ser sinónimo de engaño en muchísimos idiomas, pues cada una de las partes suele pretender beneficiarse a costa de la otra.

Para que este debate pueda realizarse en términos razonables, recomiendo la lectura previa del Capítulo 5 (Breve tratado sobre las bases morales de las relaciones económicas) de la ya citada obra de David Graeber, donde el autor distingue entre tres tipos fundamentales de normas sociales (mutualismo, reciprocidad y jerarquía) que aparecen en todas las comunidades humanas en mayor o menor grado. Estas normas son en gran medida contradictorias entre sí, y en todas las sociedades se establecen de forma más o menos explícita los límites entre una categoría de normas y otras. Discutir esto nos dejará muy claro el enorme abanico de opciones que se abre ante nosotros, para crear una comunidad acorde a nuestras más íntimas creencias y valores éticos, en la que los malentendidos por diferencias en los trasfondos culturales se minimicen.

2. Forma social y órganos de gobierno de la comunidad

Tras un tecnicismo tan farragoso se esconde la forma en que se organiza la comunidad para tomar decisiones y qué fórmula elige para recibir cierto reconocimiento por parte de las autoridades. Este último punto puede tener su importancia en cualquier caso, pero muy especialmente cuando se introducen acuerdos de tipo económico, cara a minimizar problemas en caso de conflicto con alguna parte que no cumpla con lo acordado (que podrían acabar en los juzgados).

Cuanto más claro esté de entrada el funcionamiento de la comunidad (admisión, expulsión, reparto de responsabilidades, etc.), menos problemas se tendrán en el futuro. Sobre todo una vez entra el dinero en funcionamiento.

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Incluso las agrupaciones más abiertas y espontáneas (como el caso del movimiento 15-M) deben organizar en cierta manera la toma de decisiones.

La fórmula jurídica más sencilla es la de asociación, que además suele corresponderse mejor con un funcionamiento asambleario. Además, por lo general, no está obligada a presentar su contabilidad en euros, por lo que podremos hacerla preferentemente en nuestra propia moneda, y sólo traducirla a euros cuando sea estrictamente necesario (liquidación, etc.).

Sin embargo podrían interesarnos también las figuras de cooperativa integral (muy de moda recientemente), fundación (interesante desde el punto de vista fiscal, pero extremadamente burocrática), sociedad laboral, etc. en función de las exenciones e incentivos que el Estado ha dispuesto para ellas. Es más: incluso es posible que lleguemos a gobernar algún Ayuntamiento (hay miles de ellos con una población casi testimonial), aunque en este caso los controles del Estado son prácticamente totales.

Formalmente estas instituciones supondrán la necesidad de nombrar ciertos cargos (siendo, para nuestro propósito, especialmente importantes el Secretario y el Tesorero), aunque generalmente hay gran libertad sobre la fórmula concreta de funcionamiento y por lo general domina la democracia interna.

3. Definición de la unidad de cuenta

Una de las principales funciones de la moneda, si no la principal, es la de servir de patrón de referencia, de unidad de cuenta con la que se compara el valor de las cosas. Para eso es preciso que la propia moneda tenga muy bien definido su valor de antemano.

La manera en que el Estado hace esto, de forma muy opaca por cierto, es definiendo qué productos componen la llamada ‘cesta de la compra’ con la que se mide el IPC (la inflación). Posteriormente le da al Banco Central un objetivo de depreciación o inflación (un 2% para el Euro), a sabiendas de que el control total del nivel de precios es imposible. El que las penas en caso de incumplir la obligación tributaria (ver punto 7) u otras deudas sean proporcionales a esta cesta también es uno de los vínculos que permiten el mantenimiento de este valor como referencia.

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Cada 5 años el INE actualiza la composición de la ‘cesta de la compra’. En la imagen, cesta de 2017. Las decisiones sobre su composición no es una cuestión meramente estadística, sino que tiene profundas consecuencias en la política monetaria del país.

Para nosotros el problema será bastante más sencillo. La ‘cesta de la compra’ con la que medir el valor inicial de nuestra moneda será de apenas un puñado de productos: preferentemente de los que podemos producir localmente, pero también que (en lo posible) coticen en alguna lonja agropecuaria cercana. Por ejemplo, 10 golfillanos = 1 kg de centeno y 5 melocotones. La cesta puede incluir servicios (p.ej. 1 hora de trabajo indefinido, unidad muy habitual en los llamados bancos de tiempo), pero hacerlo podría suponer problemas prácticos en la liquidación del sistema que veremos más adelante.

Aunque en una primera fase será conveniente apostar por una cierta estabilidad, esta proporción no tiene por qué ser fija: la moneda se podrá devaluar o revaluar, o cambiar su composición para ajustarse a la realidad de nuestra comunidad. La ‘cesta’ tampoco significa que el emisor (la asociación) deba verse obligado a garantizar la convertibilidad, es decir, a que cualquiera con 10 golfillanos pueda exigir ese kg de centeno y 5 melocotones cuando quiera a la asociación misma.

Si se decide garantizar la convertibilidad a esa ‘cesta’, hay que asegurarse de que la asociación esté bien abastecida de los bienes que la componen, o pueda comprarlos muy fácilmente en cualquier momento en mercados exteriores. Desaconsejo la convertibilidad de la ‘cesta’, siendo suficiente que la moneda valga para saldar los compromisos (impuestos, contribuciones, o como se le prefiera llamar) de los miembros de la comunidad con la asociación.

Muchas comunidades suelen vincular el valor de sus monedas complementarias al de la moneda nacional, y tratan de garantizar su perfecta convertibilidad. Esto se suele hacerse para mantener una fuerte apertura exterior: cualquiera puede entrar y salir fácilmente del sistema, y no hay que complicarse haciendo cálculos sobre el precio en una u otra moneda.

Sin embargo, esta opción aporta más bien poco a la comunidad, pues nos afectarían igualmente los procesos inflacionarios o deflacionarios de la moneda nacional y tampoco nos permite incrementar la cantidad de dinero en circulación localmente.

4. Quién, cuándo y cuánto debe contribuir a la comunidad

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En el sistema monetario moderno, el Estado puede regular el flujo de dinero con diversos mecanismos. Sin embargo, sigue siendo la capacidad de imponer tributos el más importante de todos.

La forma en que el Estado garantiza principalmente el poder adquisitivo del dinero “oficial” es mediante impuestos (que generan una demanda estable de moneda), y en casos puntuales mediante grandes privatizaciones (retirada importante de cantidad de moneda en circulación), que obviamente también pueden responder a motivos ideológicos.

Además, a través de su banco central, mediante operaciones de mercado abierto, cambio de tipos de interés y demás mecanismos de actuación sobre el sistema bancario (provisiones, coeficientes de caja y capital, etc.) que por su complejidad no nos interesarán. Todos estos mecanismos se caracterizan por dejar un balance final a cero: no generan poder adquisitivo neto.

Si queremos crear una moneda complementaria, en nuestra comunidad deberemos hacer algo parecido. Todos sabemos que siempre habrá necesidades colectivas que cubrir, y la forma de cubrirlas puede ser mediante prestaciones directas (horas de trabajo repartidas entre los miembros de la comunidad, entrega de bienes concretos), o indirectamente mediante una contribución de dinero. En este caso, sabiendo el valor inicial de nuestra moneda, podemos decidir quién paga cuánto y en qué momento, según el principio que por nuestra orientación ideológica y social prefiramos.

Este debate probablemente sea el más delicado, pues siempre habrá partes que sientan un cierto agravio. Pero no es nada que no suceda ya cuando lo que aportamos no es dinero, sino trabajo o bienes propios. Siendo transparentes y sabiendo muy bien a qué se dedicará lo recaudado –que en todo caso revertirá en la comunidad- minimizaremos los problemas.

Cuando la propiedad de las tierras y/o edificios es de la asociación, existe la opción de que estas aportaciones sean sustituidas total o parcialmente por el alquiler de las instalaciones. Esta posibilidad otorga más libertad a sus miembros y genera menos tensiones, aunque puede no ser suficiente si las necesidades colectivas son grandes.

Respecto al cuándo, dependerá en gran medida de qué tipo de actividades se lleven a cabo en la comunidad. Una economía agrícola tiende a ser más estacional, y por tanto el cobro de la contribución resultará más sencillo justo después de la cosecha principal. Si entre las instalaciones de la asociación hay un almacén de alimentos o pósito, este ingreso repentino puede dedicarse a la adquisición de parte del producto (en un momento en el que además tiende a estar barato), para después revenderlo o prestarlo poco a poco (cuando el alimento escasea). Esto permite la estabilización del precio, da un servicio de almacenamiento importante a la comunidad, y genera ingresos recurrentes a lo largo del año. Abundaremos en esto más adelante.

5. Elaborar un presupuesto comunitario

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La práctica de elaborar presupuestos participativos se ha extendido a buena parte de nuestros Ayuntamientos.

Una vez sabemos qué cantidad de moneda van a necesitar los miembros de la comunidad (para hacer frente a sus obligaciones con la asociación) y en qué momento lo harán, tendremos una idea también de qué cantidad de esta moneda podremos poner en circulación para que el saldo sea siempre cero. O dicho de otra manera: cuando sepamos cuánto va a ingresar la asociación, podremos decidir cuánto va a gastar.

Para que pueda llegar a haber moneda en circulación, resulta obvio que el gasto ha de anteceder al ingreso. Es decir, que si sabemos que el 30 de junio (tras la cosecha de cereal) los miembros de la comunidad nos pagarán 2.000 golfillanos, deberemos haber gastado estos 2.000 golfillanos entre el 1 de julio del año anterior y el mismo 30 de junio de este año. En el sistema monetario estatal el banco central presta dinero al Estado, para luego pedírselo devuelto (lo que genera siempre, forzosamente, el saldo cero), pero nosotros podemos hacerlo directamente si somos conscientes de esta restricción necesaria.

Como norma general, salvo que nuestra comunidad crezca en número de miembros o en una actividad económica más intensa (desarrollo económico), si queremos preservar el valor de la moneda a largo plazo será preciso respetar el principio de un presupuesto equilibrado –es decir, en el que coincidan los ingresos y los gastos-. Aunque, por supuesto, no es obligatorio mantener el valor de la moneda: de hecho, los Estados asumen un 2% de inflación anual como objetivo aceptable, que se traduce a su vez en objetivos de déficit presupuestario (-3% del PIB).

La excepción a esta recomendación de presupuestos equilibrados puede hacerse en el primer ejercicio, en el que conviene incurrir en un ligero déficit (más gastos que ingresos) para que siempre exista una cierta cantidad de moneda en circulación. También puede ser recomendable tener déficit en situaciones de emergencia, en que sea preciso movilizar todos los recursos posibles (véanse para ello obras relativas a la economía de guerra).

Alternativamente, y para mayor seguridad en el mantenimiento del valor de la moneda y del principio del saldo neto cero, puede alargarse el ejercicio haciendo que el gasto del siguiente ejercicio anteceda al ingreso del anterior (ver gráfico). O mejor aún, realizar un ajuste fino de la cantidad de dinero en circulación con otras herramientas de que disponemos, y que explicamos a continuación.

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6. Ajuste fino de la cantidad de dinero en circulación.

Hilando con el párrafo anterior, cabe señalar que uno de los secretos para realizar bien el presupuesto es ajustar en el tiempo los ingresos y los gastos para evitar grandes fluctuaciones en el precio de los productos a lo largo del año, y entre años buenos y años malos. Para esto la cantidad de moneda en circulación debe ajustarse más o menos a la cantidad de productos que se ofrecen en cada momento, incluyendo la propia mano de obra.

A la vez, y aquí radica la mayor dificultad, debemos tratar de realizar los gastos en el momento en el que le saldrá más económico a la asociación. P.ej. comprar alimentos para almacenar justo tras la cosecha, o contratar peonadas de mantenimiento de infraestructuras en las épocas del año en que el trabajo agrícola escasea.

Este arte solamente lo podemos aprender con la experiencia, conociendo lo mejor posible el comportamiento de los miembros de la comunidad y los ciclos naturales. Además, será muy conveniente a este respecto llevar una contabilidad bien clara de la cantidad de dinero en circulación en cada momento y las obligaciones de los miembros, para que en todo momento se anulen.

Cabe recordar también que es precisamente aquí donde entran en juego otras herramientas distintas a las contribuciones obligatorias (tipo impuestos). Decíamos más arriba que los bancos centrales realizan operaciones de mercado abierto y variaciones en el tipo de interés para garantizar la estabilidad de precios. Nosotros podemos llevar a cabo el equivalente para nuestras monedas locales.

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El pósito ha sido una de las principales instituciones financieras rurales, especialmente durante la Edad Moderna. Hoy en día las cooperativas agrarias han asumido muchas de sus antiguas funciones. Foto: Historia Local de Campo de Criptana.

En las operaciones de mercado abierto el banco central compra y vende títulos de deuda pública (y otros valores financieros) para incrementar o reducir –respectivamente- la cantidad de dinero en circulación. En nuestro caso la asociación misma podrá comprar y vender productos de diversa índole, siendo especialmente interesante a este respecto el cereal almacenado en el pósito: estabiliza tanto el precio de este bien de primera necesidad como el valor mismo de la moneda, y además puede llegar a generar un beneficio –se compra barato cuando abunda y se vende caro cuando escasea-.  Además, garantiza la existencia de semillas suficientes para la siguiente siembra, de forma que la escasez de un año no se lleve al siguiente.

Los tipos de interés por su parte sirven para retribuir a quien deposita parte de su dinero en el banco central y penalizar a quien lo quiere tomar prestado. Con tipos de interés altos mucha gente deposita el dinero en el banco (retirándolo de circulación para su uso futuro), y con tipos de interés bajos la gente tiende a pedir el dinero prestado (aumentando la cantidad que hay en circulación, debiendo devolverla en el futuro). Nosotros podremos utilizar los intereses de forma similar, como por ejemplo:

  1. Ofreciendo depósitos remunerados en invierno. En esta época no hay apenas trabajos agrícolas y muchos miembros se ofrecerán para trabajar para la asociación (para las necesidades colectivas). Esto se traducirá fácilmente en un mayor gasto, aumentando la moneda en circulación. Sin embargo, en esta misma época del año hay pocos alimentos en el mercado –casi nada en que gastarse el dinero-. Así que nos convendrá apelar al ahorro, incentivándolo si es necesario con el pago de intereses.
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  2. Ofrecer créditos justo antes de la cosecha principal. Quien cultiva un trozo de campo puede necesitar contratar mano de obra extra, a la que tal vez quiera pagar antes de haber vendido su cosecha. También puede que haya quien necesite comprar mucha de esa cosecha (sobre todo si no se dedica a la agricultura, o es ganadero/cultiva otra cosa), para disponer de ella el resto del año. E inmediatamente después de la cosecha viene el pago de las contribuciones, por lo que ese colchón extra de dinero puede venir bien en ese momento, esperando poder devolverlo luego con los trabajos invernales. Dar créditos en ese momento prácticamente garantiza que haya una demanda suficiente para repartir toda la cosecha a un precio estable, que se paguen las contribuciones a la asociación, y que más tarde –cuando escasea el cereal- no tengan tanta propensión a comprarlo (menos demanda = se contiene el precio).
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  3. En una situación de emergencia (p.ej. rotura importante del sistema de riego a causa de fuertes lluvias) habitualmente la asociación se verá forzada a gastar sustancialmente más de lo que ingresa (fuerte déficit presupuestario) para movilizar a los miembros en las reparaciones. Para esterilizar este exceso de dinero en circulación podremos recurrir a una fuerte subida de tipos de interés (de forma que los miembros tiendan a ahorrar en vez de gastar), incentivar con llamamientos colectivos o incluso obligar a realizar estos depósitos de dinero. También se podrán vender ciertos bienes de la asociación (entre ellos el propio grano del pósito, que de forma natural probablemente también sea más demandado), que en época de bonanza es conveniente haber acumulado para aumentar la resiliencia.

7. Quiebra: cuando un miembro no puede hacer frente a sus compromisos

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Garantizar el valor del dinero bancario es una de las razones de ser de los desahucios. Nosotros podemos diseñar otros mecanismos de quiebra.

Sucederá de vez en cuando que uno o varios miembros de la comunidad no puedan hacer frente a los compromisos que han adquirido con los demás. Qué hacer en estas situaciones es una decisión ética de primer nivel, que desgraciadamente en el actual sistema económico tiende a ejecutarse de forma bastante despiadada (desahucios, etc.), con un discurso que trata de desligar las decisiones económicas de sus consecuencias sociales.

Nosotros en este caso tendremos una gran ventaja: al ser una comunidad más pequeña podemos saber con certeza quién falla y por qué motivo lo hace, ofreciéndole una alternativa más suave y personalizada si fuera preciso. De esta manera, por ejemplo, un miembro que no puede pagar su contribución por una mala cosecha puede estar exento de pago o recibir temporalmente un crédito y ser contratado en la siguiente campaña de invierno –quedando parte de su retribución retenida para pagar el crédito-.

Así resulta bastante más sencillo establecer mecanismos de ayuda mutua que van en el interés de todos y convierten el pago de las deudas (y consiguiente sostenimiento del valor de la moneda) en algo más soportable para la sociedad, de forma que no se generen grandes desigualdades y no surjan conflictos entre acreedores y deudores.

La principal amenaza a la estabilidad de este sistema es la quiebra por parte de una persona que decide abandonar la comunidad. Para prevenir esta situación es conveniente que, al entrar en la comunidad y contraer un compromiso de contribución a la misma, se deposite a modo de fianza algún bien o moneda “oficial” por valor equivalente (generando intereses si se considerara procedente). Y para no impedir la entrada de gente sin patrimonio se podría pedir que adelanten trabajo por valor equivalente a su contribución del año siguiente (su retribución conformaría el depósito obligatorio del que hablábamos más arriba).

Si no se establecen las medidas de flexibilidad y garantía de las que hablábamos antes, la pérdida deberá ser asumida por la asociación ajustando su presupuesto el año siguiente de tal manera que se recuperen esas monedas de más en circulación (principio de saldo neto cero), o alternativamente por los demás miembros de la comunidad al depreciarse el valor de la moneda (reducir la proporción con la ‘cesta de la compra’).

8. El sistema en funcionamiento: vigilar, analizar, corregir y mejorar

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El ‘Kaizen’, o mejora contínua, es una de las filosofías que permiten a las organizaciones alcanzar la excelencia. Es una de las herramientas a incorporar en nuestro proceso de aprendizaje.

Ahora resumiremos un poco el funcionamiento del sistema. Tras haber fijado el valor de nuestra moneda –como unidad de cuenta-, establecemos cuánto de este dinero deben pagar los miembros de la comunidad a la asociación (o el órgano de gobierno que hayan determinado).

Esto hace que los propios miembros necesiten ese dinero (genera una demanda de moneda), y que por lo tanto la asociación pueda gastar una cantidad más o menos equivalente para cubrir las necesidades colectivas (emisión del dinero). Para estabilizar los precios a lo largo del año se realizan operaciones para aumentar o reducir la cantidad de dinero en circulación en todo momento, y garantizar que el saldo neto sea cero.

Aunque el mecanismo en sí es muy sencillo, para hacer que funcione bien es necesario llevar a cabo una importante vigilancia pública, analizar los fenómenos monetarios y comerciales que estemos observando y en base a ello tratar de corregir nuestros errores constantemente. Por este motivo es imprescindible llevar a cabo una buena contabilidad –sin perder de vista que el dinero emitido por la asociación es siempre una deuda con sus usuarios, debiendo anularse ambos saldos-, mantener cierta disciplina tanto a la hora de reclamar las contribuciones como a la hora de gastar, y ofrecer una absoluta transparencia que impida que quienes más tiempo dedican a mantener el sistema monetario de la comunidad (es inevitable que recaiga entre quienes más sepan de números) cedan a la tentación de beneficiarse ellos a costa de los demás.

Todos los puntos descritos en este post, y las cifras que salgan de nuestra contabilidad, deberán someterse periódicamente a debate entre los miembros de la comunidad, a fin de ajustar cuando sea preciso el valor de la moneda (al principio puede que pase más a menudo de lo que pensamos), modificar los presupuestos y contribuciones periódicamente, así como la juzgar la gestión del pósito y de las cuentas de ahorro mencionados en el punto nº 6.

Eventualmente podrán introducirse modificaciones de calado para mejorar su funcionamiento, como podría ser la separación del presupuesto comunitario, las tareas de emisión de dinero y banca, y la gestión del pósito. Particularmente interesante será el montar un mecanismo de cambio exterior, para convertir nuestras monedas complementarias en moneda “oficial” y viceversa: en principio ocurrirá de forma informal y espontánea (por la interacción de los miembros de la comunidad con gente foránea), pero con una institución específica de cambio esta práctica adquirirá mayor formalidad y podrá permitirnos estabilizar más si cabe el valor de la moneda, amén de incentivar la exportación o la importación según convenga.

9. Liquidando el sistema

LIQUIDACIÓN POR CIERRE CARTELES LIQUIDACIÓN CIERRE /

Los procesos de liquidación buscan saldar todas las cuentas pendientes y quedar en paz con la sociedad.

Como todo en esta vida tiene un comienzo y un final, también debemos prever la desaparición de nuestra moneda complementaria. Esta será una decisión bastante drástica, habitualmente ligada con la desaparición de la comunidad, pues como indica D.Graeber en su ya citada obra, los humanos tendemos a liquidar todas nuestras deudas con otra persona cuando ya no deseamos tener ninguna relación con esa persona.

Por ello, la desaparición de la moneda complementaria también deberá hacerse de tal manera que no empobrezca a ninguno de sus miembros –por volatilizarse el valor de la moneda-, pues dejaría heridas abiertas y dificultaría zanjar definitivamente una relación problemática. Así que recordemos el carácter de nuestra moneda como el de una deuda de la asociación (como un todo) con los miembros de la comunidad. Y que el saldo final siempre ha de ser cero.

Si por la vía de las contribuciones acordadas no desaparece toda la moneda en circulación (cosa que debería ser así, si se han seguido atentamente los pasos enumerados), habrá que ofrecer a quienes aún tienen monedas en su poder la posibilidad de comprar con ellas una parte del patrimonio de la asociación –de lo que quede de ella-, por un valor similar al que tenía la moneda. Se trataría por tanto de un proceso de liquidación ordenada de la entidad.

Dado que podría darse el caso de una disolución no amistosa, en esta situación probablemente rijan más las normas del Estado que los acuerdos internos de la comunidad. A este particular es interesante el conocimiento del Libro Cuarto del Código Civil, y más concretamente los siguientes artículos:

Artículo 1157.- No se entenderá pagada una deuda sino cuando completamente se hubiese entregado la cosa o hecho la prestación en que la obligación consistía.

Artículo 1167.- Cuando la obligación consista en entregar una cosa indeterminada o genérica cuya calidad y circunstancias no se hubiesen expresado, el acreedor no podrá exigirla de la calidad superior, ni el deudor entregarla de la inferior.

Artículo 1170.- El pago de las deudas de dinero deberá hacerse en la especie pactada y, no siendo posible entregar la especie, en la moneda de plata u oro que tenga curso legal en España. […]

Artículo 1175.- El deudor puede ceder sus bienes a los acreedores en pago de sus deudas. Esta cesión, salvo pacto en contrario, sólo libera a aquél de responsabilidad por el importe líquido de los bienes cedidos. Los convenios que sobre el efecto de la cesión se celebren entre el deudor y sus acreedores se ajustarán a las disposiciones del título XVII de este libro y a lo que establece la Ley de Enjuiciamiento Civil.

Artículo 1754.-  La obligación del que toma dinero a préstamo se regirá por lo dispuesto en el artículo 1170 de este Código. Si lo prestado es otra cosa fungible, o una cantidad de metal no amonedado, el deudor debe una cantidad igual a la recibida y de la misma especie y calidad, aunque sufra alteración en su precio.

Y en este punto es donde cobra especial relevancia el haber definido previamente la ‘cesta de la compra’ de la que hablábamos en el punto nº 3. Lo que vienen a decirnos estos artículos es que la asociación deberá entregar a los poseedores de nuestra moneda local los bienes y servicios de esta cesta, o una cantidad por valor equivalente de dinero “oficial”. También puede entregarle parte de su patrimonio por el mismo valor, siempre y cuando el acreedor lo acepte o no quede más remedio –en cuyo caso se procedería al típico concurso de acreedores, bajo tutela judicial-.

Cuanto más fáciles de valorar sean los artículos de la cesta de la compra que determinamos al principio –por ejemplo, si se compran y venden en la lonja agropecuaria más cercana-, tanto menos conflictivo resultará este proceso de liquidación. Habrá una cotización clara de nuestra moneda complementaria, podrán traducirse todos los compromisos a euros, y eventualmente vender o entregar los bienes de la asociación valorados en euros.

De la misma manera, cuanto más líquidos (fáciles de comprar y vender, aceptables por todo el mundo) sean los bienes de la asociación, y cuanto más saneado haya sido el balance de la misma, tanto menos necesario será que se entrometan jueces y abogados u otras instancias del Estado, y en mejores términos quedaremos unos miembros con los otros.

Todo este proceso de liquidación nos permitirá cerrar el ciclo, habiendo dejado a nuestra moneda complementaria en buen lugar, y no como una vulgar estafa como el ‘bitcoin’. Al fin y al cabo, si queremos un mundo más justo, debemos empezar por cumplir con nuestras promesas e ideales ¿verdad? Como dice el refrán: “lo prometido es deuda”.

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Bonus:
Guía para la creación de monedas comunitarias, en inglés.

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Acerca de stefannolte

Alemán de Mallorca, enamorado de las tierras de Albacete y firme defensor del medio ambiente.
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